La noche en Madrid tenía ese frío particular de octubre, un viento seco que se colaba por los huesos, pero nada comparado con el hielo que emanaba de la mirada de Ricardo Velasco.
En la terraza del exclusivo restaurante El Roble Plateado, el tiempo pareció detenerse. La música de jazz suave que flotaba en el ambiente se vio interrumpida no por un grito, sino por una sentencia de muerte social susurrada con una frialdad aterradora.
—No lo toques —dijo Ricardo. No gritó. Su voz era un bisturí, grave y afilada, cortando el aire—. Lo más barato que hay en esta mesa eres tú.
Elena Castillo, la camarera, se quedó paralizada. El mundo se redujo al fragmento de porcelana roto a sus pies y a la mancha oscura de salsa de vino tinto que se expandía lentamente, como una herida, sobre el chal de seda marfil de Doña Sofía.
[Imagen de un restaurante de lujo en Madrid con atmósfera tensa]
Elena apretó la bandeja contra su pecho, como si fuera un escudo.
Sus manos temblaban. —Lo… lo siento, señor Velasco —balbuceó. Su voz apenas era un susurro, cargada de fatiga tras un turno de doce horas.
Ricardo se levantó.
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