I. EL ECO DEL SILENCIO
Si alguien me hubiera preguntado hace dos años qué era el éxito, le habría hablado de mi estudio de arquitectura en el Paseo de la Castellana, de los contratos internacionales, de mi chalet en las afueras de Madrid y de las cenas en restaurantes con estrella Michelin.
Pero si me lo preguntaran hoy, o mejor dicho, si me lo hubieran preguntado hace seis meses, la respuesta habría sido muy diferente. El éxito, para mí, era simplemente conseguir llegar al final del día sin derrumbarme en el suelo del baño a llorar.
Me llamo Víctor. Tengo 38 años, tres hijos idénticos de tres años —Lucas, Mateo y Gabriel— y un agujero en el pecho donde antes estaba mi corazón.
Mi esposa, Lucía, falleció hace siete meses. Fue un cáncer fulminante, de esos que no te dan tiempo ni a procesar el diagnóstico cuando ya estás eligiendo la música para el funeral.
Lucía era el sol de nuestro sistema solar; yo era simplemente un planeta que orbitaba a su alrededor, recibiendo su calor.
Ella organizaba, ella amaba, ella ponía orden en el caos de tener trillizos.
Cuando ella se apagó, mi universo entero se quedó a oscuras y en un frío absoluto.
Los primeros meses fueron una nebulosa de trámites burocráticos, pésames vacíos y una soledad que resonaba en las paredes de una casa demasiado grande.
O artigo não está concluído, clique na próxima página para continuar