PARTE 1: LA NIÑA INVISIBLE EN EL INVIERNO DE MADRID
Son las seis de la tarde y el frío de enero en Madrid muerde como un perro rabioso. Me llamo Lucía Torres, tengo doce años, y para el mundo no existo.
Me despierto sobre unos cartones húmedos detrás de un contenedor de basura en un callejón cerca de la Plaza de Santa Ana.
Mi abrigo, una chaqueta de hombre que encontré en un contenedor de ropa usada, me queda tres tallas grande, pero es lo único que impide que me congele.
Mis pies, envueltos en trapos dentro de unas zapatillas rotas, apenas los siento.
Mi estómago ruge. Es un dolor agudo, un calambre que me recuerda que llevo dos días sin comer nada más que media manzana que encontré tirada cerca del Mercado de San Miguel. Pero el hambre no es lo que más me duele.
Contra mi pecho, debajo de las capas de ropa sucia, aprieto un diario de cuero desgastado. La cubierta, que alguna vez fue elegante, ahora tiene manchas de agua y los bordes deshilachados.
En letras doradas que casi han desaparecido se lee: Andrés Torres – Maestro de Cocina – Recetas y Secretos.
Lo abro con cuidado, mis dedos entumecidos pasando las páginas.
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